Historia y literatura

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La vida del hombre es especial porque transcurre en el ámbito del pensamiento. La aventura de vivir cobra relevancia para cada uno cuando se hace consciente de su finitud: de que dispone de un tiempo finito. Entonces, ante la inevitabilidad de la muerte, el hombre intenta sacar provecho a esa porción de tiempo de que dispone. 


¿Qué se puede hacer en este breve espacio de vida? Eso depende de las condiciones que cada uno se encuentra al llegar. La cultura, el nivel económico, la familia, el acceso al conocimiento. Quienes llegan a un mundo más propicio para su desarrollo tendrán más posibilidades de sacarle provecho a su tiempo. Quienes lleguen a las condiciones más precarias se convertirán en meros instrumentos anónimos de los logros de los primeros. 

Encima, los que se encuentren con las peores condiciones, tendrán no sólo menos posibilidades de aprovechar su tiempo, sino mucho menos tiempo. Pasarán la vida atados a ocupaciones extenuantes, a trabajos agobiantes, a condiciones de supervivencia. 

Para el que carece de tiempo y de expectativas reales, para él, especialmente para él, debe operar a la perfección un sistema de creencias tal que, no teniendo nada por qué vivir, se sienta con ánimos de levantarse cada día a cumplir su faena absurda. 

Este sistema de creencias: la ideología, ofrecerá promesas de trascendencia para el que pueda, en esas condiciones, creer en un dios benigno. Mas, para el obrero promedio de nuestra época, poco propenso a la metafísica, existe el entretenimiento. Mejor no pensar, sumergirse en sueños agradables, consumir historias emocionantes por medio de las cuales poder vivir un poco de aventura, de plenitud precocida que se digiere fácil. Historias fáciles, simples, que van bien con nuestras vidas cíclicas, ahistóricas. Súper héroes, millonarios buenos, deportistas, policías honestos, incluso vendedores y abogados honestos, todo un mundo de fantasía ligera y de personajes paradigmáticos en porciones de dos horas. 

El entretenimiento basura nos convierte en gente sin historia que consume historias simples. Narrativas light que nos simplifican, cuando la vida a la que debiéramos aspirar es una que crezca en complejidad. 

Todo lo anterior sea dicho para resaltar la importancia de leer buena literatura. Nuestra vida necesita de historias complejas, historias llenas de ideas, de introspección, de osadía intelectual, de crítica social. Historias que podamos contrastar con nuestra propia trayectoria y nos obliguen a cuestionar lo que hemos vivido, a esperar más de la existencia, a exigirnos pensar más, amar con más pasión, dudar con más valor, pensar con más lucidez, rebelarnos más fuerte. 

Consumir entretenimiento, en aquellos nacidos para ser meros instrumentos, es un suicidio. Creo que, cortar con la vida simulada que se le ofrece en el entretenimiento, para el obrero al que se le ha ocultado la vida real, es ya un acto de rebeldía digno de encomio. Para un esclavo, al que se le ha alimentado siempre con mentiras, dejar de comer es ya un inicio de liberación. 

Mucha hambre, sin embargo, ha de pasar antes de poder comer el pan de los libres. 

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