Carta para Re

 Aguascalientes, Ags. A 18 de febrero de 2026


Querida Re:


Bien sabido y comprobado está que el orden actual, regido por el mercado, necesita matar el espíritu humano y de hecho lo hace. Todos los regímenes de explotación han establecido vías de integración para el individuo, las han institucionalizado y burocratizado. Integrarse ha sido, casi siempre, ligarse al sistema, arrodillarse para recibir un pedazo de pan y un grillete.

La no integración, en sociedades del pasado, estaba reservada para el maldito (infractor de un tabú), para el sub-humano (esclavo o loco) y para aquel que buscara en la soledad del desierto una integración interna más auténtica.

Estos últimos, los anacoretas de todos los tiempos, dan testimonio de que siempre fue evidente para algunos el carácter falso, parcial y subyugante de la espiritualidad institucionalizada.

Las vías de integración actuales son tan enajenantes como siempre, con la agravante de que hoy casi no existe una comunidad que dé sentido a la integración; Hoy se nos integra a instituciones sometidas del todo al poder del dinero o a grupos de pertenencia arbitrarios.

En otro tiempo el temor de ser desarraigados mantenía a los individuos sujetos a las normas. Pero el consumo se implanta mejor donde no hay temor ni prohibición. A nosotros se nos arroja directamente al fuego de la separación. Se nos educa para el desarraigo, convirtiéndonos así en futuros consumidores de ideologías integradoras.

Así pues, que sepas que la sensación de sinsentido, de vacío, de absurda monotonía, es inducida. 
Debemos tener la claridad de que se nos ha condicionado para no poder formar comunidad, porque la rebeldía individual es funcional al sistema, pero la colectiva es peligrosa.

Triste rebeldía es la individualista, que lleva a identificar la libertad con el desarraigo. Y, sin embargo, aún esta rebeldía es mejor que el sometimiento a instituciones alienantes.

Nos rebelamos contra las instituciones; pero nuestra rebeldía nos separa de los que están bien integrados. Ellos viven un individualismo atenuado por una serie de instituciones de integración, ya tradicionales, ya artificiales. Nuestra soledad no encuentra atenuantes; la mayoría de las resistencias han sido desarticuladas.

La soledad ya no es castigo sino consecuencia natural del endiosamiento del individuo. Nadie que escuche, ningún consuelo proveniente del amor, de la comprensión, de la camaradería.

Junto a la separación crece el sinsentido. La soledad vuelve el futuro terrorífico y, poco a poco, nos llenamos de presente, nos agotamos en conseguir unas migajas de vida para hoy.

Nuestra vida se desarrolla entre estos dos extremos: por un lado, la separación que infringe un enorme sufrimiento; por otro, la integración a un orden hedonista donde todos los fines y sentidos están de antemano establecidos. Dulce esclavitud o amarga libertad. ¿Y acaso se puede ser libre mientras se soporta el dolor? La dicotomía queda mejor así: someterse por el placer o por el dolor. 
Aún así, el dolor será siempre preferible a la sumisión. 

La esencia del ascetismo es la separación, pero su fruto puede agotarse en el sufrimiento de la renuncia.

Tras la separación es necesario un proceso de integración interna, de búsqueda de la congruencia y la armonía interior. Esta integración es una reconstrucción, un modo de renacimiento.

El ritual que hemos buscado es este morir y renacer simbólico que nos permite ver con nuevos ojos el amor, el conocimiento, la vida social y natural. En este sentido, el camino del saber es un ritual continuo de reapropiación del mundo; de morir y renacer a nuevos niveles de comprensión.

Tu ritual pasa por dar sentido a la muerte que el orden de mercado siembra continuamente en ti. El hedonismo es la respuesta automática, la esperada. Respondamos desde el espíritu con un morir como renuncia y un renacer como autonomía.

Has de integrar los elementos de tu muerte, medirlos desde la amarga sabiduría de la renuncia; el entendimiento que desintegra y separa de la vida banal. ¿Qué me obliga a desear esto?

Pero, al mismo tiempo, irás recolectando los materiales de tu renacer. ¿Cómo y con qué integrarías una vida deseable? Esa es la pregunta verdaderamente importante. ¿Con qué? ¿Con quién? ¿Dónde? ¿Para qué?

Quien crea en la resurrección después de la muerte ya está perdido. Sólo hay resurrección real antes de la muerte. Es esta integración interna que se va alcanzando por un proceso de indagación, de repaso de las propias creencias y filtrado crítico, por un socrático dudar y reflexionar sobre la propia vida.

La muerte física no es más que un reflejo de la verdadera muerte que es la vida enajenada. Es una conclusión definitiva de la muerte espiritual que es ese integrarse a las instituciones capitalistas: integración al absurdo, rumiar incesante de la droga somnífera del entretenimiento. La no vida del consumo es más muerte que la muerte. 

Que sepas, en segundo lugar, que tu dolor es saludable. 

Igual que la muerte es algo que tiene lugar en el ámbito de la misma existencia temporal, la resurrección ha de ocurrir aquí mismo, en el tiempo de la vida, de esta vida terrenal que es la única que hay. 

Hay quienes piensan que la modernidad nos ha robado la espiritualidad. No es así: a los sometidos se les ha prohibido siempre vivir como humanos. 

Se nos ha querido convencer de nuestra insignificancia. Cada uno debe dar testimonio de su propia superfluidad, mostrar la banalidad de sus aspiraciones y ser por ello celebrado.

Vivimos un cautiverio de apariencias y burdo engaño; de saturación de información, de deseos sembrados y caprichos elevados al rango de sentido. Esta es nuestra cárcel. Sólo palpándola podemos planear un escape. 

¿Acaso es demasiado radical la afirmación de que aquello por lo que valdría la pena morir es lo mismo por lo que vale la pena vivir? Si hacemos caso de este principio, me atrevería a a firmar que vale la pena vivir mientras se mantenga la dignidad. Ser dignos puede entenderse como atreverse a encarnar la plenitud que la vida humana puede alcanzar. Entonces, vale la pena vivir mientras esta posibilidad nos sea vigente. Pensar, sentir y obrar con la máxima intensidad; atreverse a recibir la herencia de la cultura que parece reservada para una élite. Luchar cada día por mantener una comunicación con el corazón de la humanidad toda, que es el potente legado cultural que unos cuantos se han esforzado con todo su ser por conservar y ampliar. 

Permitirse amar. Es decir, atreverse a salir del encierro del yo. Compartir el dolor y la alegría; esta actitud, cuando es congruente, lleva a luchar contra la injusticia. Injusticia es el mal que se causa a alguien desde el poder, desde las instituciones. Amor a la humanidad es también odio a las instituciones que someten y condicionan la dignidad.

Hay que escoger entre amor y paz. El que ama en una sociedad injusta no puede tener paz y el que antepone su paz ha de hacer la vista gorda ante el sufrimiento. Es así; ese amor que rehuye a los problemas no es tal. Amor o paz. Cualquiera que haya amado lo sabe; todo el que abraza su paz interior, también. 

Las verdades hechas nos integran por asentimiento. “Estoy de acuerdo” significa: “Me integro a los que piensan de este modo”.  Las instituciones burguesas están de continuo generando consenso para integrar a las disidencias, a los que todavía son capaces de pensar. Hay que tener cuidado con lo que uno piensa; por lo general no es más que ideología.

El camino del sentido crítico gramsciano pasa por revisar las propias creencias y aspiraciones. E. Fromm dice que la mayoría de nuestros deseos, en el capitalismo actual, se parecen más al capricho que a la búsqueda de ser. Deseos atravesados por el consumo nos esclavizan. 

Esto nos lleva a otro terrible hecho: casi todo lo que sabemos de la libertad, dentro del ideario capitalista, es mentira. Si han llegado a gobernar tus deseos, a dirigir tus aspiraciones, ¿en qué espacio de tu vida existe marco de decisión?

Extinguir el deseo también puede conducir al absurdo; mejor hay que ser conscientes de lo que deseamos. Pero tal conciencia implica una gran investigación. Entonces, volvemos a Sócrates: nuestra indagación vital no es poca cosa; se trata de cómo hemos de vivir.

Toda búsqueda comienza por identificar a tus maestros; los vivos y los muertos. Ellos te enseñarán, en primera instancia, a pensar. Platón es el gran maestro del pensar; es un excelente punto de partida para una mente que necesita desarrollarse fuerte; la dialéctica es el primer potenciador mental de la historia.

La bella rebeldía, en un sistema que nos impone el aislamiento, pasa por el intento de reintegrarse a la vida humana mediante el conocimiento. Indagar y aprender siempre ha sido asunto de espíritus grandes, de rebeldes. Hoy, como siempre, es cuestión de supervivencia.

Por desgracia, o por suerte, estamos obligados a caminar mientras vamos armando nuestra brújula. Procuremos, al menos, que sea de los mejores materiales.

Te abraza, Azacán 

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