Crimen y castigo ¿Cuándo está permitido matar?
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“¡Nunca!” Dice la beata cristiana o la animalista. “Cuando hay orden de arriba” dirá el soldado. «¿Es broma?» pensarán los accionistas de corporaciones transnacionales. “Cuándo la ley lo permita” dirá el burócrata. “Yo doy esos permisos” dirá el capo.
En el medievo el máximo poder de un monarca se manifestaba en que podía disponer de la vida de sus vasallos. En algunas “democracias” modernas subsiste, como herencia de aquellos tiempos, la pena de muerte y, para ellas, no resulta en absoluto inmoral mandar a su ejército a cualquier parte del mundo a poner en práctica sus métodos industriales de asesinato.
Raskolnicof, el anti héroe de la novela Crimen y castigo, de F. Dostoyevski, responderá así a la pregunta del título: “Cuando se trata de la muerte de un irrelevante animal de rebaño y esta sirve a los planes de un genio, de un ser superior que aportará a la humanidad un beneficio que hace justificable cualquier crimen.”
Fiel a su convicción decide matar. Su víctima: una usurera.
Inmediatamente después del crimen su mente flaquea. Paranoia, terror, desconcierto. Sus ideas lo liberan de toda culpa, pero su cuerpo y sus emociones van en la dirección contraria. Así, presa del desequilibrio emocional y psíquico, va cometiendo error tras error. Todo a su alrededor y dentro suyo clama por la expiación.
¿Acaso el personaje tiene la moral de tal modo interiorizada que él mismo busca ser castigado?
Eso ya lo meditará el lector al enfrentarse a esta extraordinaria obra. Un planteamiento contenido en ella, sin embargo, me parece sumamente relevante para nuestro contexto: ¿Acaso la ley y la moral son de observancia obligatoria sólo para nosotros, gente común e irrelevante?
La ideología burguesa dicta que la ley ha sido establecida por medio de un pacto; que es necesaria para mantener el orden, pero ¿Y si el pacto está hecho por otros para imponerlo sobre nosotros? ¿Y si está amañado para que perdamos siempre? ¿Y si el orden que establece nos es adverso? ¿Tenemos obligación de respetar dicho pacto para el que no se nos consultó?
Nos está prohibido matar. Bien. Pero el orden económico organiza la vida de tal modo que tampoco nos sea permitido vivir. Se nos quita todo el tiempo de nuestras vidas, pero nosotros no podemos robar. Hemos de ser veraces donde todo es mentira, pacíficos mientras se nos somete por la violencia, respetuosos de la autoridad mientras esta autoridad no se respeta ni ella misma, trabajadores en una sociedad que premia el parasitismo.
¿No sería el débil, antes que el fuerte, quien tendría, en justicia, el derecho de violar la ley?

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