Nuestro cansancio
Ahora estoy cansado. Quisiera hablar en nombre de los cansados, porque esos que ahora hablan tanto del cansancio son siempre hombres libres y satisfechos. Y los cansados debiéramos hablar por nosotros mismos. Es que toda la vida social pende de nuestro trabajo. Y estamos tan cansados que no tenemos ánimo para hablar ni siquiera del cansancio.
Estamos cansados de la exigencia, de la captura de nuestra atención y por la ética del trabajo. Estamos cansados porque estamos explotados; sí, pero también, y sobre todo, estamos cansados de no figurar en la vida, de no tener amor ni consuelo, ni esperanza. Estamos cansados de esos mitos tan burdos que se nos ofrecen para encontrar algún sentido al sufrimiento y a la sensación de estar de más. Saberse condenado cansa más que la condena.
Aquí todo es cansancio. Son casi las 11 de la noche, debo seguir cortando la tela para mañana, pero escribo; porque nadie habla en nombre de los cansados. Estoy cansado de que siempre alguien se aproveche de mi soledad para sacarme algo. El sistema económico nos mantiene atados a la producción, pero todo el sistema social nos drena constantemente. Vemos a otros descansar; vemos a otros cobrar buenos salarios; vemos a otros realizarse. A nosotros nos toca sostener esa vida, ese descanso de profesores y políticos, esa realización de aristócratas. Todo está construido sobre nuestra terrible necesidad de ser amados, de existir para alguien, de ser útiles. Y nada sirve a nuestro alrededor. Todo lo que nosotros podemos obtener del pacto social es una existencia cansada, un montón de promesas estúpidas (la pensión, el paraíso) y una soledad que te congela la sangre.
Si es bueno, no es para nosotros. Esa es nuestra inconfesable divisa. A nosotros nos tocan los desperdicios de la civilización: el futbol como religión y la religión como discurso; el entretenimiento de masas como afirmación del desprecio intelectual que merecemos; un sistema de relaciones sociales y familiares en constante proceso de putrefacción. Así, somos producidos como entes del desmerecimiento. Cómo duele saber que la mayoría de mis compañeros de condena no tendrán siquiera la capacidad de leer esto que escribo. Ese es otro signo del paria: no puedo pensar con los míos, ni crear; escribo para nadie. Todo lo hemos de vivir como condena: no puedo no ser explotado; no puedo no escribir esta angustia de una condena que parece divina, si tan sólo hubiera un Dios, un celestial arrendador dedicado a cobrarnos por la osadía de existir en estas condiciones. Todo para nosotros es trampa; si hay Dios, el nuestro es un prestidigitador que ofrece y engaña, un amo caprichoso, un sádico. Que enfermo me parece cualquier obrero que, creyendo en Dios, no desea matarlo o que, no creyendo, vive atado a sus normas. Estamos muy enfermos. Nuestra enfermedad mortal no es una angustia abstracta basada en un sinsentido existencial; nuestra enfermedad es la explotación. Claro que la explotación también se presenta como sinsentido, pero la irrenunciable alegría de transformar la materia lo mitiga constantemente. Por lo pronto, no nos vendan la búsqueda de un sentido y de una esperanza, la posibilidad de amar. Ya podremos por nosotros mismos buscar estas cosas cuando seamos dueños de nuestros pensamientos. Bástenos saber que en la explotación y sometimiento espiritual en que se nos mantiene es imposible buscar y encontrar amor, esperanza y sentido.
Para nosotros la concepción del cuerpo como prisión (soma-sema), de los antiguos, posee plena vigencia. Un obrero es un condenado. Todas nuestras aspiraciones se agotan en hacer la explotación más llevadera. A diferencia de los antiguos, para nosotros la muerte no es liberación, sino salida deshonrosa.
Somos desterrados de esa humanidad que se adquiere mediante un proceso formativo, mediante una guía amorosa y un acceso libre al pensamiento y al saber. Lo poco que sabemos de la vida es mejor olvidarlo. Que poco y que digno de olvido. El desterrado no tiene raíz con que nutrirse.
Oh, que terrible contradicción es la vida del desterrado: tiene una inagotable necesidad de olvido y, sin embargo, él mismo no es otra cosa que una suma de olvidos.
Ninguno será recordado. El destino de todo hombre es el olvido, pero el desterrado es un olvidado en vida. ¿Quién piensa siquiera una vez en el que derramó su vida, en forma de trabajo, sobre la mercancía que le embrutece? Nuestra herencia es el olvido y la soledad; la justa cantidad de olvido que no da paz, la justa dimensión de la soledad que no toca el pensamiento.

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