Escribir en tiempos de la IA
Un buen amigo me invitó a escribir en un medio digital de alcance nacional. Él mismo escribe ahí una o dos veces por semana: noticias y análisis político. Yo escribo básicamente el mismo tipo de textos y alguna recomendación de lectura.
Pero me desanimé al poco tiempo. La principal causa fue la escasa vigencia de las publicaciones: el sitio maneja una política de diez publicaciones diarias; casi todas son tomadas de otros sitios, es decir, no originales. Así, teniendo una o dos publicaciones originales o propias al día, estas quedan sepultadas bajo los textos tomados de otros sitios; la vigencia de una publicación en el espacio principal del sitio es de un día; su número de lecturas, ínfimo. Así, el enorme trabajo que requiere producir un texto original tiene como resultado una exposición de pocas horas; casi podría decir que paso más tiempo documentándome, redactando, acudiendo a cubrir una noticia, revisando, que el tiempo de lectura total que tendrá mi artículo. Es muy desmotivante.
Así es; escribir un artículo de opinión, o incluso una noticia, para un periodista amateur, como es mi caso, requiere de una enorme inversión de tiempo. Soy obrero textil subcontratado a destajo; cada minuto que dedico a escribir me representa dejar de producir mi sustento. Es decir, que pago muy cara la osadía de tomar la pluma.
Esto lo saben las pocas personas cercanas que conocen de mi vicio pequeñoburgués de escribir: agradezco encarecidamente a quien se tome la molestia de leerme. Tener lectores hoy en día es casi un milagro.
Luego está la cuestión de que, si por una parte se espera de nosotros, los obreros, que no pensemos, y por otra, se ponen a nuestro alcance mil recursos destinados a volvernos mentalmente perezosos, irreflexivos y, para decirlo en una palabra: imbéciles; pues estamos ante el colmo de la desincentivación. Hoy con la IA, ya ni los intelectuales esperan ser leídos; ¿Qué puede esperar uno que sólo escribe (para colmo mal) por no morir?
Volvamos a la cuestión con la que empecé este escrito. La cantidad de información que circula diariamente por el internet hace que cualquier cosa que uno escriba sea insignificante, irrelevante, invisible. Este trabajo humano es costoso, y lo paga uno mismo con su sangre; en cambio, los textos de IA, aunque muy costosos ambientalmente hablando, son baratos, casi gratuitos para quien los solicita. Se espera que la cantidad de contenido en la web aumente todavía más rápido, reduciendo la vigencia y la relevancia de todos los textos en circulación.
¿Vale la pena publicar algo en este contexto?
Nótese que desde mucho tiempo atrás renunciamos a la posibilidad de ganar algún dinero escribiendo; eso ya era imposible mucho antes de la IA. La única aspiración, al publicar, es la de ser leído; aspiración nada humilde, pero, honestamente, no escribe uno para sí mismo; ¿O sí? ¿Hemos de llegar a ese nivel de solipsismo?
Claro, no es que escribir no sirva directamente a uno mismo: no conozco un mejor ejercicio para la mente que el reto de producir un texto. Escribir es valioso por sí mismo, aunque no lo lea ninguna otra persona. Pero siendo este ejercicio la única esperanza, para gente como yo, de lograr una mínima comunicación humana, siempre es doloroso saber que no lo conseguirá.
En fin, se pregunta uno si servirá de algo escribir como se lo pregunta sobre todas las cosas. En mi caso, escribir tiene un marcado fin político. Escribo para hacer a otros reflexionar sobre asuntos que nos incumben como humanos y como seres políticos. Asumo que escribo mal en la medida en que no logro este objetivo.
Escribir es también una apuesta por la memoria. Se va dejando un registro de aquello en lo que se estaba pensando; más importante aún, de que uno estuvo pensando. Porque, cómo pesan, a la larga, esos fugaces días rutinarios, esos en que apenas se logró pasar las horas, sin esperanza de hacer algo con la vida. Hacer algo con la vida, con las cosas, con las personas; a menudo creo que lo mejor que puede uno hacer con ellas es escribirlas; yo hago algo con el mundo si escribo a propósito suyo; y siempre, o casi siempre, se escribe sobre el mundo. Pero cuando describo este mundo, lo analizo, le reprocho, lo celebro; soy algo con ese mundo, un crítico, un partidario, un contemplador. Aquí es donde soy. Porque, después de todo, ¿Qué es uno sino aquello que hace con el mundo? Porque en lo que hago se revela lo que soy, lo que sé, lo que espero, lo que amo, lo que odio. En este cotidiano hacer con el mundo uno se hace continuamente. Por esa razón, en el trabajo enajenado, uno se pierde, en la medida en que hace algo sin hacerse uno mismo.
Bauman dijo en uno de sus últimos libros: “Al parecer, soy incapaz de pensar sin escribir”*. Creo que en esto soy como él (me da una enorme alegría parecerme a él en algo). Pero reconocer esta limitante o virtud, como se quiera, conlleva la responsabilidad de no dejar de escribir, es decir, de pensar.
En el mundo académico se escribe mucho más de lo que se lee, pues se producen cantidades ingentes de texto para la lectura de tres o cuatro especialistas en la materia. Los intelectuales se leen poco entre ellos. ¿Qué se puede esperar del mundo obrero?
Porque mi lector ideal, para el que quiero escribir, es otro proletario. Tengo, sin embargo, la casi certeza de que, fuera de un par de amigos, no me lee proletario alguno. Esto es terrible de asumir.
Se escribe porque se cree que habrá un futuro. Yo quiero creer que habrá un mañana. Nadie escribe para ser leído hoy, sino mañana. Tal vez ese proletario del futuro, ese tipo cansado y apaleado por la explotación que buscará mis palabras de hoy, tal vez ese sea yo mismo. Es posible porque pierdo el ánimo constantemente y, tal vez, casi seguro, regrese aquí algún día en busca de algún consuelo.
Hablando de consuelo. Diablos, cómo me gustaría poder encontrar palabras que den consuelo a todos esos trabajadores para quienes la vida es un infierno cotidiano. A esos que perciben el mundo como hecho para otros, aunque ellos mismos sean sus constructores. ¿Cómo convencerles de que, si nosotros mantenemos este mundo (que nos es tan hostil) en movimiento, somos nosotros quienes podemos transformarlo? Yo mismo pierdo la esperanza en esto muy seguido. Es el cansancio. Es la soledad, sino de nuestra época. Escribo, en cierto modo, para controlar mi propia impotencia, pero, sobre todo, insisto, para intentar mantenerme pensando, para no terminar de perder la lucidez.
Otra cuestión. No hay lucha obrera ni organización marxista a la cual integrarse. Esto es terrible de asumir, pero aspiro al menos a que este espacio de expresión, al permanecer abierto, pueda contribuir algún día a la formación de algún proyecto organizativo.
En fin, que pensar hoy, que es tan fácil sobrevivir sin hacerlo, es un compromiso con la humanidad; un deber para con uno mismo y para con la sociedad. Intentemos seguir pensando.
* Bauman, Zigmunt. Esto no es un diario. 2012.

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