El Terror Como Sistema

En México el terror no es una anomalía ni un accidente de la vida pública. Es una forma de gobierno. Durante años se nos enseñó a mirar al crimen organizado como una fuerza externa, como una barbarie que asaltaba al Estado desde afuera. Pero la realidad es más dura: el Estado y el crimen organizado no siempre se combaten; con frecuencia se complementan. Las fuerzas regulares (policía, ejército, fiscalías) y las fuerzas irregulares (cárteles, sicarios, redes de complicidad) no son dos mundos separados. Son dos brazos de una misma tenaza. Uno administra la impunidad; el otro ejecuta la violencia. Juntos producen el terror que mantiene a la población en suspenso.

El materialismo histórico permite entender esto sin ingenuidad. Las ideas, las leyes, las instituciones no flotan en el aire: se asientan sobre una base material. En México esa base ha sido, durante décadas, el narcotráfico como industria, la corrupción como sistema y la violencia como tecnología de control. Marx enseñó que la violencia originaria del capitalismo no fue un accidente, sino su condición de posibilidad. En México esa violencia no terminó con la Independencia ni con la Revolución: hizo metamorfosis. El Estado neoliberal desmanteló las protecciones sociales, dejó a millones de personas a la intemperie y entregó amplias zonas del territorio a poderes de facto. No es un Estado fallido. Es un Estado que ha encontrado en el terror una forma de gobernabilidad.

La inseguridad dejó de ser una excepción para convertirse en la norma. En México esa mutación tiene un nombre: impunidad. El Estado ya no garantiza seguridad porque su función no es proteger a los ciudadanos, sino administrar el miedo. La policía no previene el crimen: llega después, cuando el cuerpo ya está desmembrado. El ejército no combate al cártel: negocia con él, lo contiene o lo utiliza como fuerza auxiliar. Y la burocracia, esa maquinaria fría, convierte el horror en trámite. El crematorio clandestino de Xalisco, en Nayarit, no es un arrebato de locura. Es un procedimiento. Una hornilla, diésel, huesos calcinados, dientes mezclados con casquillos. La muerte deja de ser un crimen para convertirse en una operación de limpieza.

Policía, ejército y tribunales reprimen; escuela, iglesia y medios producen obediencia. En México esa distinción se ha desdibujado. El Estado no solo reprime: también enseña a vivir con el terror. La policía que debería proteger entrega a los desaparecidos. El ejército que debería combatir al crimen lo tolera o lo reproduce, en algunos casos es el mismo ente que los entrena. La fiscalía archiva. Los medios convierten cada hallazgo en espectáculo. El Rancho Izaguirre, confirmado como centro de adiestramiento del Cártel Jalisco Nueva Generación, no fue descubierto por una operación de inteligencia estatal: fue exhibido por un colectivo de madres buscadoras. El Estado no protege: participa o mira hacia otro lado.

La gente, liberada de los lazos antiguos pero sin encontrar un lugar en el nuevo orden, busca refugio en autoridades fuertes. En México ese refugio no es el Estado: es el cártel. El crimen organizado ofrece lo que el Estado abandonó: pertenencia, disciplina, un salario, un enemigo común. El joven que se une a una organización criminal no elige la violencia por perversión. Elige la única estructura que le da un lugar en un mundo que lo ha expulsado. Erich Fromm habló de la destructividad como pasión, no solo como instrumento. El Estado y el crimen comparten esa lógica necrófila: no buscan solo dominar, buscan producir muerte.

En México el terror se ha convertido en espectáculo. Los medios transmiten los hallazgos con la misma lógica con que transmiten un reality show: morbo, suspenso, indignación fugaz. La audiencia consume el horror, lo comparte, lo olvida. El Estado no necesita ocultar el terror: necesita que el terror se convierta en imagen, para que la sociedad, saturada, deje de exigir justicia. La violencia no se combate: se fusiona.

Primero fue el Rancho Izaguirre. Luego el crematorio clandestino de Xalisco. Ambos muestran que el terror ya no es un acto aislado, sino una infraestructura. Pero hay un hallazgo que resume todo con una claridad insoportable. En una fosa clandestina de Michoacán aparecieron mil seiscientos dientes de leche. No son un símbolo. Son la prueba material de que el terror ha alcanzado su forma más pura: la eliminación de lo que aún no había vivido. El Estado que produce terror también produce esos dientes. Mientras no puedan ser nombrados, mientras no haya duelo ni justicia, el sistema seguirá funcionando. México no es un Estado fallido. Es un Estado que ha tenido éxito en convertir el horror en rutina.

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