De si vale la pena luchar.
Conferencia presentada el 15 de diciembre de 2024 en el conversatorio “Seguir luchando ¿Para qué?” En teatro Épica, Aguascalientes.
Alrededor del año 367 AC Platón viajó de Atenas a Siracusa para intentar instaurar allí un Estado regido por principios filosóficos. Sabido es el resultado: fue vendido como esclavo, lo que no le amedrentó cuando por segunda vez tuvo la oportunidad de intentarlo. Soñaba con una república gobernada con justicia y por un rey filósofo que instaurara en el mundo humano la suprema idea del bien. ¿Cómo se accedía al bien y, en general, a las ideas en su filosofía? Por medio del diálogo.
Jesucristo, unos cuatro siglos después, desdeñó a los ricos comerciantes y a los poderosos para predicar entre marginados el venidero reino de la justicia. Siguiendo sus enseñanzas, los primeros cristianos vivieron en comunidad. “Evangelio” significa “la buena noticia”, “El buen mensaje”. Todo proceso comunitario se cimienta en la comunicación. Una comunidad es tal merced al diálogo. Es en la comunidad, solamente, donde vive el diálogo, la razón, el divino logos. Desde antiguo se sabe que vivir humanamente es poder dialogar, poder hacer política. Pero el ejercicio de esta facultad amenaza continuamente al poder. Entonces, se desarrolla una lucha histórica; batalla simultánea y ligada estrechamente a la lucha de clases: es la lucha por propiciar, de un lado, y por impedir, del otro, que los pueblos lleguen a ser dueños de su palabra, de su voz, de su razón. Siendo, como somos, animales que viven en la palabra, quitarle a la gente la ocasión y la capacidad de gozar de su pensamiento, de compartirlo y desarrollarlo, es una forma sutil de asesinato.
Sócrates, Platón, Jesucristo, Marx, Tolstoi, Lenin, etcétera, etc. Hay aquí dos temas perennes en el pensamiento de aquellos que se atreven a indagar, a transgredir, a luchar: son la justicia y el diálogo. Temas proscritos y, como tales, amables en grado sumo.
Somos palabra que habla de justicia. Espíritu que busca su justo orden.
El espíritu se integra pensándose. Cuando muchos espíritus intentan juntos, mediante el ejercicio del diálogo, producir una integración colectiva, una comprensión profunda de su propia vida en común, a eso le llamamos filosofía. En este sentido es que un joven Marx en 1844 dice, con respecto a la emancipación humana: “La cabeza de esta emancipación es la filosofía, su corazón el proletariado. La filosofía no puede llegar a realizarse sin la abolición del proletariado, y el proletariado no puede llegar a abolirse sin la realización de la filosofía.”1
Nosotros somos, pues, la ocasión, la posibilidad de que la palabra prevalezca, de que la vida se manifieste. Nuestras pequeñas luchas, nuestras pequeñas organizaciones, son espacios, por pequeños que sean, donde la generosidad humana todavía puede manifestarse. Más parecido tiene con las escuelas filosóficas de la antigüedad un colectivo de los que hoy se resisten al sistema, que las castas de intelectuales de las universidades.
Yo he visto al espíritu absoluto dialogar en Tzeltal en un Caracol zapatista. No entendí lo que decían, pero entendí que la humanidad todavía está fuerte, que todavía se librarán grandes batallas por la libertad, por la justicia, por la posibilidad de amar. A nosotros, nosotras, nos corresponde preparar la batalla y prepararnos para ella. Soñar y trabajar por un futuro donde la humanidad otra vez florezca. ¿Acaso no vale la pena luchar por esto? Si nuestra humanidad no se encontrara hoy tan maltrecha, tal vez una pregunta más obvia sería: ¿Acaso vale la pena vivir sin esto? ¿Acaso se puede vivir sin luchar? ¿Vale la pena una vida sin rebeldía?
Creo que los rebeldes hoy, más que nunca, somos necesarios. Nos intentaron vender la idea de que hay una esencia humana fija que nos dignifica, que llena nuestra necesidad de justificación. No es así. La mayoría de la gente de nuestra sociedad vive convencida de que su vida está plenamente justificada, de que su derecho inalienable a la vida es al mismo tiempo su justificación, de que no les hace falta un para qué. Nosotros no. No se nos escapa que nuestra existencia es brutalmente costosa para la vida sobre este planeta y no consideramos gratuito el preguntarnos ¿qué hacemos aquí? ¿Qué justifica todo ese daño que ocasionamos? Vivir humanamente es también poder esbozar algún atisbo de respuesta a la pregunta ¿Para qué vivo? y nosotros marxistas y obreros debemos dar gracias a este orden económico por que nos grita de mil maneras a la cara que estamos de más, lo que nos fuerza a buscarle algún sentido a nuestras vidas.
El ser humano es el único animal que, bajo ciertas condiciones, puede ser libre. Creo que esta cualidad es un milagro de la vida. La pulsión por alcanzar esa libertad es la rebeldía.
¿Por qué seguir luchando en lugar de entregarse al placer o a la desesperación? ¿No sería mejor integrarse al orden que nos conduce al colapso? Creo que sólo es libre el que desobedece. Así es. Tal vez parezca ingenuo creer en la libertad a estas alturas del partido. Pero creo que la responsabilidad aparejada a toda libertad es la de resistirse a obedecer los imperativos de un poder injusto. Me resisto a obedecer, a competir, a perseguir el éxito individual, a comprar tan caras esas migajas de felicidad, a ir de vacaciones, a sospechar que hay felicidad en el consumo, a votar en las elecciones, a proyectar mis carencias en una pantalla, a inclinarme ante su Dios dinero, a trabajar para mantener mascotas, a desperdiciar mi vida en sus entretenimientos de muerte. Me niego a pasar mi tiempo conectado a las malditas máquinas, a permitir que una máquina piense por mí. Luchar es resistir a estos y mil imperativos más, pero, sobre todo, es organizarse. Es escuchar a los que se rebelan, estar del lado de los que resisten, es intentar formar comunidad. Para un obrero, como es mi caso, rebeldía también es educarse, entregarse al saber y a la literatura como si fuera tu último día. Porque un explotado con dignidad debe aspirar a lo que se le prohíbe y no a lo que se le ofrece como sedante para acallar su conciencia.
¿Vale la pena andar el camino de la rebeldía? Claro que sí, como vale la pena vivir sólo si se puede soñar con un mañana mejor. Y no es que seamos ingenuos. Entendemos que este es uno de los momentos más duros para ser rebeldes, que las condiciones de lucha hoy son extraordinariamente adversas. Está bien: es una realidad que nos obliga a pensar, y mucho.
Una parte importante de la lucha hoy en día pasa por detenernos a pensar. Por ejemplo, ¿Cómo tendría que obrar un marxista en las condiciones que vivimos hoy? ¿Cómo se puede hacer dignamente la lucha por el comunismo en este mundo que nos ha tocado en suerte vivir? ¿Qué puedo hacer yo para que la lucha de mis compañeros sea más feliz y más fructífera de lo que ha sido la mía? Nosotros perdimos muchos años de esfuerzo en vano por no contar con la guía de luchadores más experimentados. ¿Cómo cumplir con esa tarea ahora que a nosotros nos toca ser esa guía? Si como socialistas representamos la última defensa de la vida frente a la muerte que representa el capitalismo, ¿Cómo honrar esta misión respetando en primer lugar la vida de los compañeros que se incorporan a la batalla? No podemos permitir que sus vidas transcurra en vano como nos ha ocurrido a nosotros. Resolver este problema es de la más vital importancia, al grado de que más vale no luchar si no se le ha dado una solución por provisional que esta sea. Ese tema habrá que discutirlo a fondo en otro momento. Ahora, por lo menos, podemos decir, parafraseando el ideario zapatista: luchar es hoy, ante todo, hacernos responsables por la vida. La vida bien vale una vida de lucha.
Por último. ¿A qué venía el comentario inicial sobre Platón y Jesucristo?
Creo que los seres humanos cuyas vidas podemos considerar más dignas de ser vividas comparten la cualidad de haber encontrado su lugar en el mundo en el modo de una misión. Luchar es también ponerse en el camino de aquellos que han integrado el devenir de los tiempos a su conciencia y han obrado como seres históricos. Conscientes de que a cada generación está reservada una tarea trascendente. Sabedores de que la participación en esta tarea nos une y nos hermana. Somos porque ellos fueron, y ellos viven en nuestra rebeldía. Somos el futuro, o, dicho en términos marxistas: somos proletariado con conciencia de clase y este es nuestro tiempo.
Vale la pena luchar, en esencia, porque luchando es que somos; en concreto, porque hay una realidad inmediata que necesita, con urgencia, ser cambiada.
Cambiando de tema. El activismo reactivo
No es de por sí malo, pero habría que considerar siempre si sirve como base para generar organización o simplemente mantiene a la militancia ocupada.
Mantenerse ocupados puede ser un mal. Creo que, como mal, es propio del activismo reactivo.
¿Cómo pasar de la mera reacción a la organización?
De sobra está decir que hoy no faltan manifestaciones pero, a la vez, no existen organizaciones que den sentido a esa fuerza. Al parecer estamos en un momento político de mero desahogo; expresión sin finalidad. En general, hay mucho movimiento de discurso pero casi nada de proyecto. Esto, sobra decirlo, no es más que una proyección de la sociedad de consumo en lo político. Si se produce un individuo consumista, centrado en sí mismo, sin más visión que el éxito abstracto (económico); es decir, inorganizable; no sorprende que sus escasos ímpetus políticos se agoten en manifestar un descontento momentáneo. De entrada no espera cambios porque sus aspiraciones dependen de la estabilidad del sistema. Una manifestación más del monopolio de la integración.
A tal grado la izquierda se encuentra integrada, que parcelas periféricas de su ideario histórico, y sobre todo, de sus luchas más recientes, se vuelven ideología y se institucionalizan sin problema.
Aspectos que no son problemáticos para el orden económico, como los derechos de minorías y el feminismo, son integrados al sentido común y, en este hecho, todas las minorías o sujetos afectados por la discriminación se dan por integrados. “Inclusión”, se dice, por integración. En un proceso que tiene por finalidad hacer a todos los sujetos partícipes del sistema y, por ende, de su propio sometimiento.
Entonces, este sujeto incluido (de manera meramente formal), si manifiesta descontento, es sólo para optimizar o acelerar el proceso de su integración al orden burgués. Finalmente el capitalismo ha alcanzado un nivel de integración similar al que logra la religión, pero desde una perspectiva laica; donde el Dios frente al que todos los ciudadanos son iguales, es el Dios del mercado y, como en la edad media eran más cercanas a Dios las castas superiores, hoy es más cercano al Dios mercado el que más capacidad tiene para interactuar con él.
Igual que las religiones paganas fueron derrotadas mediante el sincretismo: una forma de integración de la disidencia, el capital recibe en su matriz de valores liberales a todas las ideologías que, en sus demandas más inmediatas, no le son incompatibles; una vez integradas, estas ideologías son reducidas a dichas demandas inmediatas.
Toda disidencia no integrable es excluida del futuro, recluida al pasado. Los comunistas, por poner un caso, no logramos ver un futuro para nuestras aspiraciones. Hay un monopolio de lo posible, donde nuestras propias vidas, como comunistas, quedan fuera.
Entonces, ¿qué vías de resistencia son posibles y fructíferas? Si toda manifestación se pierde en un mar de ruido. El silencio ¿Sirve de algo?
Todo me parece hoy tan difícil. Es que nos gobierna la desesperación.
Eso es. Combatir la desesperación y a su manifestación: la reactividad. No propongo la indiferencia, porque los problemas que de cotidiano van surgiendo son sumamente graves. Pero sí la conciencia profunda de que no hay cambio real en la pura reacción inmediata.
Combatir la desesperación. En este tiempo, donde no hay ni trazas del partido obrero, al menos podemos intentar dar consuelo a la gente que ha quedado marginada de la lucha por decepción y cansancio. Ya vendrá el tiempo de convertir la desesperación en fuerza.
1 Marx, Carl. “En torno a la crítica de la filosofía del derecho”. En La sagrada familia. Grijalbo. México. 1967. P. 15. Es decir, que la filosofía en manos del proletariado puede volver a ser guía para la vida, y, mediante la comprensión, el proletariado puede liberarse.

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